Del egotismo a la alteridad responsable: sobre los principios éticos de la educación
Del egotismo a la alteridad responsable: sobre los principios éticos de la educación
Bertrand Russel, con tanta agudeza como celeridad (el sarcasmo era para él una palabra ajena en su diccionario de frases célebres), decía que el hecho de que una opinión haya estado muy difundida no era prueba alguna de que no fuera un absurda y, dado que la mayoría de la humanidad es tonta (refinada resignación o empedernida sinceridad), una creencia extendida tendría más posibilidades de ser necia que de ser sensata. Posiblemente una de estas creencias de proliferación masiva es la idea de que la ética en educación es una cuestión de protocolos moralistas regulados por ciertas legislaciones locales. Cuando se organizan mallas curriculares regionalizadas o adaptadas a las realidades propias del contexto formativo no se piensa, normalmente, en las implicaciones éticas que se esconden, como una sombra que siempre está detrás y a la cuál hemos olvidado, detrás de tan magnánimos productos. Y no me refiero a que en una malla curricular aparezcan asignaturas intituladas bajo en nombre de “ética” o derivados, sino del carácter, el modo de ser de la acción humana que involucra a la totalidad de agentes que participan del Proceso de Enseñanza y Aprendizaje. En el presente ensayo trataremos de dilucidar (bajo una mirada muy levinasiana) esta problemática, en el seno mismo de la relación intersubjetiva producida por el acto educativo, teniendo en cuenta que dicha relación está sujeta siempre a la ética y es fuente directa de la transmisión de valores.
Reconocimiento y responsabilidad ante el otro
Los nuevos paradigmas pedagógicos deben partir de un reconocimiento primordial del docente de la identidad (en un sentido fenomenológico) social, cultural y principalmente educativa del estudiante. El “discípulo” debe ser contemplado por el educador desde su alteridad, admitiendo una distancia entre ese “otro” personal y el propio “yo”, afirmando a la vez que ese otro comparte un conocimiento y le aplica nuevos sentidos de interpretación, en el marco de un desarrollo que garantice una reciprocidad del Proceso de enseñanza y aprendizaje que parta de una responsabilidad asumida hacia el estudiante como principio de develamiento de sus propias capacidades.
Esta relación educativa responsable debe evitar el peligro de caer en la disolución de la otredad del estudiante en el yo del docente durante la transmisión de conocimiento. La educación suele restringir este reconocimiento debido a que el docente, al centrar en sí el control del aula, genera un sistema cerrado en el que la esfera de conocimiento se manifiesta unilateralmente, es decir, que parte del maestro al estudiante sin desarrollar espacios donde se generen respuestas (pasivas y activas). Desde este punto de vista, el docente tiene una doble responsabilidad: buscar ser referencia de conocimiento ante los agentes participantes del Proceso de enseñanza y aprendizaje y permitir, al mismo tiempo, una autoreferencia de su propia capacidad de conocer, de manera que la direccionalidad de conocimientos adquiridos no quede encerrada ni en el sentido dado por el maestro ni en la mera interpretación del estudiante, evitando el englobamiento clausurante – totalizante y totalitario – de la mirada jerárquica.
Responsabilidad y praxis educativa
La praxis educativa debe asumir la primacía de la reciprocidad responsable, partiendo del reconocimiento del maestro de una distancia ante el educando en varios niveles, referentes no sólo al principio de autoridad y manejo de contenidos, sino también a la implicancia del manejo de lineamientos educativos que se basen en principios éticos. El estudiante aparece así como el “inenglobable”, posibilitando una apertura infinita de posibilidades de acercamiento del docente, proceso que parte siempre de la expresión de ideas del estudiante mismo. De ningún modo se pueden economizar o suprimir las exigencias de esta relación de responsabilidad en una mirada egotista de ambas partes (maestro y/o estudiante), sino desarrollar un sistema de apertura al otro distinto de mí, evitando la postergación del desarrollo de una subjetividad crítica y consciente del estudiante respecto a su realidad.
Elaboración y aplicación de planes curriculares bajo una mirada responsable
El problema principal del ejercicio de una educación responsable es la caída en la anarquía del uso de contenidos. Toda planificación curricular y su correspondiente aplicación debe (de)ponerse ante la experiencia total (educativa) del otro, inclusive anterior al libertad de enseñanza y la libertad de aprendizaje. La elaboración de una currícula que responda a estas exigencias es un principio ético de la educación y será determinante al permitir en el educando un crecimiento de su capacidad de elegir y estar, en reciprocidad responsable ante el educador, disponible ante la recepción de contenidos, de manera que el proceso no quede determinado a esta esfera sino que permita la interpretación y la expresión abierta (un “dar “generoso”) de tal interpretación. Así, tanto el docente como el estudiante corren con el compromiso de la buena aplicación de la currícula.
Bajo estos principios, la responsabilidad en la aplicación de una currícula adaptada no es mutual. De ninguna manera la elaboración de la currícula y su implementación representan un “devolver el favor” al estudiante, ni el responder a dicha aplicación un “devolver el favor” al estudiante. La responsabilidad recíproca ante la currícula, encuentra su diferenciación en el manejo de poder ante la misma. Sin duda, el que aplica la currícula y conoce a plenitud los objetivos, alcances y deficiencias de la misma tiene un poder (y por tanto una responsabilidad) mayor que el que es agente receptivo (por lo menos en principio) de ella, sin eludir la necesaria intervención del receptor. Tal reciprocidad responsable no puede eclipsar el Proceso de enseñanza y aprendizaje porque no parte de una autonomía ante la aplicación curricular, sino más bien de la heteronomía provocada por el reconocimiento del otro en el pleno de sus exigencias.
Responsabilidad, libertad y ejercicio de poder en la praxis educativa
Cualquier opción educativa que de preeminencia a la autonomía egotista (razón de la irresponsabilidad ética) debe ser considerada violenta respecto a los fines mismos de la educación. La reciprocidad responsable responde, ante todo, a la libertad pública de la educación, pero asumiendo que la responsabilidad no puede obviarse bajo el pretexto de que la libertad deber triunfar sobre todo. La adquisición de conocimientos o la erudición como triunfo final del aprendizaje no dispensan a los agentes de la educación la preocupación por la acción responsable, donde el poder moral no se subordine al ejercicio de la autoridad en el aula. La interacción de ejercicio de poderes por parte de los docentes y los estudiantes en el Proceso de enseñanza y aprendizaje es la depositaria de un intercambio cognoscitivo absoluto, separándose de la instancia que representa el mero ejercicio autoritario. Por ello, las condiciones de la acción de la moral y del compromiso ético educativo en el marco de la responsabilidad se dan según los lugares y las épocas, necesitan constantes adaptaciones e implican una separación entre el pensar la educación y la praxis educativa. La idea misma del Proceso de enseñanza y aprendizaje está fundada en relaciones independientes de dicha praxis y al mismo tiempo se sostiene y confirma en ella. Refiero autoritario en un sentido direccional: tanto del educador hacia el educando como del educando al educador (porque es más que sabido que hoy en día algunas instituciones educativas de corte “reformista” han quitado en el docente el verdadero ejercicio de la “profesión” de lo que sabe, convirtiéndolo de una agente de prestigio y reconocimiento académico en un simple empleado institucional sin mayor crédito que el que avala el dinero de los pagos que le son asignados), de la administración educativa al educador, etc.
Es en esta discusión que planteamos la obligación de dar un paso definitivo que nos conduzca a asumir este carácter de responsabilidad, reconociendo la decadencia de los parámetros caducos de educación que parten de la evasión (principio de las faltas contra le ética educativa), como posibilidad de la construcción de nuevos sistemas de valores y el establecimiento de una conciencia moral basada en la relación cara – a – cara (en términos de Emmanuel Levinas) entre educando y educador. Tarea difícil, sacrificada, destructora de estructuras intersubjetivas establecidas, pero absolutamente determinante y necesaria en cualquier cambio educativo.



Muy interesante!
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